domingo, 3 de septiembre de 2017

INFIDELIDAD Y CONVENIENCIA MARITAL



(Refugio en la Cumbre)


Miriam Gómez, con 36 años, se había casado sin amor con el veterinario Alberto Mena González, atemorizada por el paso del tiempo. Era bioanalista, de profesión, aun cuando tenía poca experiencia en el oficio, porque la precaria salud de su madre constituyó un freno a su destreza laboral, ya que tuvo que darle un seguimiento permanente al tratamiento médico que se le aplicaba a doña Luisa. Al casarse, decidió trabajar desde su casa, suponiendo que obtendría la comodidad para hacerse de un moderno laboratorio de Bioanálisis, para aportar desde allí un poco al desarrollo científico y tecnológico de la región con el uso de ese medio de investigación.
Había establecido un maridaje de conveniencia no necesariamente material. A sus años se hallaba prácticamente sola y afligida. Era doloroso ser una solterona sin futuro pasional y vivir en un incesante estado de amargura, con la ilusión escoriada y vacía de muchas de las fantasías y deseos de una mujer; teniendo en su mente sólo la gestación de un hijo sin amor, con un marido que decía estar en plenas facultades físicas para derrochar la máxima energía en el gozo carnal; pero el tiempo pasaba deprisa sin señal de preñez, y luego de dos años de matrimonio, la pena y la decepción hicieron crisis en su mente, percatándose de que junto a su marido le sería imposible materializar su anhelo; viéndose forzada a reclamarle una prueba médica de su fertilidad y a suspender la relación sexual de conveniencia, hasta tanto eso se aclarara; pues quería asegurarse de que él fuera competente; tuviera en capacidad de preñarla, demostrando de manera fehaciente su fertilidad. Sin embargo, al cabo de un tiempo, un diagnóstico de fecundidad indicaba que su marido sufría de aridez inmodificable; era estéril sin arreglo, debido a los efectos de una golpiza que recibiera en una cárcel de un pueblo del sur, donde estuvo recluido durante casi una semana en los años duros del régimen dictatorial, cuando fue apresado junto a decenas de jóvenes estudiantes que incendiaron neumáticos y lanzaron desperdicios en las vías públicas, en protesta contra la represión del gobierno surgido de las elecciones impuestas por la segunda ocupación norteamericana a mediados del siglo anterior.
La vida de Miriam Gómez se ensombreció aún más con el resultado de la prueba de fertilidad del marido, acarreando demasiada frustración y un profundo desencanto; germinando en su pensamiento una especie de odio al situarlo como el responsable principal de su maternidad malograda. Se despreciaba a sí misma por el desatino de haberse casado, y ya no quiso dormir más tiempo a su lado, porque su cercanía le causaba fastidio; a tal punto, que comenzó a magnificar sus defectos, encontrando ridículo su cuerpo desgarbado, su nariz de cotorra, y su mirada anodina; y se irritaba de sólo verlo o sentirlo recorriendo su habitación e imaginándolo con la piyama blanca de rayas rojas y el gorro cubriendo la cabeza, ofreciendo la imagen de un santicló sin barbas.
Miriam se mantuvo soberbia y obstinada; ya no correspondió más las exigencias amorosas del marido. Llevaba en su psiquis la angustia apocalíptica de la decepción, sin encontrar consuelo a su pesar, ni al hundimiento espiritual y emocional que la abatía. Y en ese estado de ánimo, devino el drástico derrumbe del apostolado moral, que tanto había enorgullecido a su madre; decantando hacia la aventura secreta de la infidelidad con un mozalbete de sólo 19 años, llamado Rubén Ventura,, en quien buscaría el amor frenético y excitante que soñó de quinceañera; entrando a un mundo hasta entonces desconocido, de arrebato y excitación creciente, junto a este chico que le lucía detentador un don impresionante en su competencia reproductiva, al preñarla en la primera ocasión del coito, con la fortuna de que ella logró convencer a su marido de la supuesta falsedad del diagnóstico anterior que lo inhabilitaba para procrear; o de que aquel dictamen correspondía a otro paciente, colándose en su archivo médico por un extravío involuntario de la prueba original. Sin duda que eso era lo que deseaba oír el marido crédulo y bonachón, pues Alberto Mena González, solo atinó a decir: 
"Es un milagro de Dios".
Y meses más tarde, llegó al mundo el niño Luis Alberto, cumpliéndose un sueño de fertilización y maternidad en Miriam, que aprovechó la ocasión para cambiar su rutina, de manera que escudándose en este óptimo pretexto, decidió romper su nexo marital con el joven Rubén Ventura, resistiendo y enfrentando con firmeza sus amenazas de escandalizar al público, atribuyéndose la paternidad del recién nacido. Diciéndole con altivez: 
"¡Si hablas te pierdes! ¡Yo misma me encargaré de joderte, aunque termine también jodida! ¡Diré que fui violada, coñazo!".
El joven tembló de miedo; tanto por la amenaza de muerte, como por la manera firme y categórica con que ella se refirió a una supuesta violación, que de acuerdo a la legislación de protección a la mujer, conllevaría un castigo mínimo de diez años de prisión. Así terminó esa polémica y ardiente relación. Había sido difícil para Miriam quebrar el vínculo con el joven Rubén Ventura, que tanto gozo le había producido, siendo su disfrute mayor haber engendrado un hijo; pero no tenía el propósito de volver atrás, por su propensión al chantaje y porque ella había llegado a la conclusión de que necesitaba colmar sus bajas pasiones en una relación más segura, con un hombre más maduro -o al menos un poco reflexivo- que le asegurara discreción y fidelidad en los secretos, para seguir astutamente pegando los cuernos. Y con esa actitud y convencimiento, buscó durante varios meses un individuo que le gustara lo suficiente, entre una multitud de aspirantes; topándose con la figura recia y vital de Humberto Sosa Sandoval; un moreno musculoso que hacía el oficio de carnicero, con quien continuó su relación adúltera inspirada en su descomunal virilidad que amaría por siempre. De esta asociación con la infidelidad nació su hija Diana Mena Gómez, una niña sordomuda que aprendió temprano a convivir con personas normales, sometida a un proceso de educación especializada, que le dio el dominio del lenguaje combinado de las palabras y la gesticulación. Su sordidez tuvo su origen en la avanzada edad de la madre, que tenía un poco más de los 40 años.

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