martes, 11 de julio de 2017

CLAUSTRO EN LA HACIENDA







Segundo relato del libro "Refugio en la Cumbre", basado en hechos reales ocurridos en Santo Domingo                                                                                                                            Por Sebastián del Pilar Sánchez                                                                                                                        

La señora Aura Collado Rodríguez se encontraba en la pequeña habitación al final del pasillo. Desde temprana mañana, estaba allí pensativa y angustiada por el escándalo que  tocó la figura conflictiva y sensual de su nieta Yudelka, debido a la masiva difusión por YouTube y Facebook de un  cortometraje tipo videoclip de contenido erótico picante que habría conmocionado  y puesto en jaque la relación con su padre, el gobernante Fausto Gómez. El video era una combinación de bachata rock  y erotismo, en un contexto encantorio de imágenes  sonoras danzantes. Era una película animada de escenas amatorias arriesgadas y candentes, toda ella narrada por testigos separados que ofrecieron testimonios revestidos de verosimilitud incuestionable, recreando el morbo colectivo por la desenfadada exposición de la desnudez de la chica, aireada y difundida por las redes sociales donde se registraba cada detalle y su impacto social.

Fausto llegó silencioso a la mencionada habitación, desaliñado y con una barba incipiente de dos días sin afeitar. Entró vestido con piyama hasta la rodilla, calcetas blancas y zapatillas negras con adornos deportivos de guantes de beisbol. Saludó afectivamente a su madre, que estaba cansada e insomne recostada frente al monitor del computador, viendo desde temprana mañana el mentado videoclip en el dispositivo para grabar cintas del televisor  conectado en la alcoba y en su propio aparato celular. 

Lleno de asombro y enfado, se había unido al chequeo de la grabación en la amplia pantalla, pero trascurrido unos dos minutos de dicho examen, se desplomó de angustia en el anchuroso sofá de la recámara, con el llanto reprimido y la tristeza extendida hacia el laberinto por donde una hora más tarde comenzaría el trote de decenas de llorosos burócratas, integrantes de la corte bochinchera y lacayil, que acudirían a la casona, totalmente desorientados, para solidarizarse e informarse de los acontecimientos. Cuando recobró la confianza  y la firmeza  de espíritu, le dijo  a su madre:

"La he mimado muchísimo. No es una mala chica, pero hay que enderezarla".

Y Aura respondió: "Creo que es tiempo de que ella busque su pareja adecuada".
Ambos callaron. Estaban experimentando con inclemente espanto aquella experiencia de infelicidad y tristeza. Era difícil sobreponerse al decaimiento anímico que les afectaba, aunque eran parte de una familia de fuerte carácter y esta no era la primera vez que pasaban por un mal momento al que debían imponerse con un criterio claro de "poner a mal tiempo buena cara", como aconsejaba la filosofía del buen vivir. Fausto Gómez Collado era un mulato maduro, de 62 años, relativamente apuesto, alto, con vientre permanentemente enfajado, cabellos y bozo encanecidos; divorciado y con tres hijos: 

Yudelka, Antonio y Cinthia, de 21, 18 y 14 años. Se caracterizaba por ser extremadamente educado, de firmes convicciones ideológicas y con un buen temperamento para la cosa pública, aun mostrando cierta debilidad en el ámbito familiar. En su juventud, solía tocar la guitarra al mejor estilo de George Harrison, cantante y músico de Los Beatles; y por su afición al rock sinfónico y melodioso, se le consideraba un ser tierno y romántico. Sin embargo, a raíz de su primer revés sentimental, su gusto giró de manera sustancial; primero, hacia la música pop; luego, y con acento inequívoco, hacia el requintar musical de Juan Luis Guerra y Romeo Santos, en la nueva sonoridad bachatera, pero sin  renegar jamás de las delicias roqueras de su tiempo de ternura.

Para madre e hijo, la aflicción tocaba nueva vez la puerta familiar, aunque cebándose de manera directa en la persona de la joven Yudelka, pues lo que se había dicho de ella, les mortificaba en la intimidad de sus mentes, tambaleando sus pensamientos, su serenidad y calma. Era parecido  a lo que ocurrió con Aura en su juventud; que sintió en carne propia la reducción de su robustez de espíritu, la mengua de su carácter firme y de su consistencia ideológica; pero en esa coyuntura crítica, pudo cerrar todo resquicio al pánico y al terror, poniendo un granito de arena en su cometido de transformar la percepción social sobre su vida, para que no asomara ningún elemento mancilloso que pudiera afectar la probidad de su familia. No había duda de que el afectado mayor de la desmesurada alegría de la joven Yudelka, más que la abuela, era su padre; por ser un político con influencia en una parte de la sociedad, con un nombre que cuidar y con una incidencia en las masas urbanas que debía mantener inalterada, lográndolo a base de una imagen de prudencia y mesura que no debía ser mellada por  un nuevo tema  en su agenda, como este affaire familiar.

Desde que salió la noticia y hasta ese momento, Aura Collado Rodríguez no había estado con su hijo, y le preocupaba mucho verlo triste y abatido, apoyado al espaldar del sofá, tratando en vano de acomodarse; mientras ella seguía viendo  el videoclip sin poder evitar que en su hombro izquierdo sintiera el goteo continuo de un sudor frío que resbalaba de la frente de Fausto, quien estaba atribulado, intranquilo y agitado, convertido en un manojo de nervios. Ella tuvo que chequearlo y animarlo, calibrando su salud durante horas; procurando alguna fórmula efectiva contra  el decaimiento, pues ese percance sentimental, como otros que había vivido en el pasado, les provocaban un malestar psicológico y una postración extraordinaria con sudores y alta fiebre incluida. 

Finalmente, Aura lo sintió desfallecer en su hombro, tumbado por el sueño, obligado a descansar un largo rato, hasta después del mediodía, cuando sintió que entraba a la habitación el abogado Julio de la Rosa, uno de los principales colaboradores de la administración gubernativa de su hijo, a quien saludó informándole: 
-Fausto ya está dormido.
¡Oh, qué pena! –dijo Julio

-Me agarró el vestido y sentí que se desmayaba. Cayó sobre mí aturdido por la pena que le produjo el bullicio del videoclip en Facebook –agregó Aura.
El licenciado Julio de la Rosa era un viejo allegado de la familia. Amigo íntimo del gobernante, también de 62 años; pero de estatura mediana, moreno y grueso; de evidentes rasgos afro antillanos, y por demás señas, licenciado en derecho,  abogado de oficio, tenedor de un máster en Gestión  Tributaria, realizado en México, y poseedor de un post grado en Tecnologías de la Comunicación Social, de hechura local. Se desempeñaba como primer secretario, designado tras el manifiesto de inauguración del gobierno provincial y fue escogido por su capacidad, su experiencia y su condición de hombre de Estado.

Aura Collado Rodríguez se sintió cómoda en el inicio de este diálogo con este leal colaborador de la gestión administrativa de su hijo,  inquiriéndole su parecer sobre la situación creada:
-¿Qué opinión te merece este caso?

Julio se puso pensativo; se le hacía difícil emitir un juicio que pudiera herir la susceptibilidad de la dama, pero tan pronto pudo, frotándose los ojos y ladeando la cabeza para mirarla, dijo: 
-No sé, estimada amiga. Es un asunto enojoso que tenemos que afrontar con sumo cuidado, aunque de inmediato tengo la impresión que ello no afectará el curso normal del gobierno provincial.
Durante dos horas hablaron de éste y otros temas conexos, coincidiendo en calificar de insensato e imprudente el comportamiento de la señorita Yudelka Gómez Batista...

-Creo que todo esto es  resultado de una vida ausente de ideología y compromiso social; su nieta no ha tenido la menor idea de las consecuencias de sus actos, y las evidencias dicen claramente que ha sido objeto de un seguimiento sutil  de parte de los adversarios              -aseveró el secretario.
A juicio de Julio de la Rosa los hechos indicaban que detrás del escándalo, de manera soterrada, estaban los adversarios del partido dominante, buscando destrozar la línea de socialización pública impregnada a la acción gubernativa firmemente sostenida para propiciar una afortunada solución a los viejos contratiempos del desarrollo urbano y de los servicios caros y deficientes que se ofrecían a los usuarios. Y se le ocurrió agregar:

"Fausto debe hilar fino, pues no hay duda que detrás de todo esto, está la mano de un adversario que se resiste al cambio social".

-Hay que hacer algo para sacar el tema de las redes- recomendó Aura Collado Rodríguez.
Como conocía con amplitud la situación, el licenciado Julio de la Rosa estaba de acuerdo en que era necesario apartar el tema farandulero del primer plano noticioso, originando con urgencia una primicia noticiosa novedosa, efectista e impresionante sobre la comunidad, como pudiera ser la rebaja de arbitrios, o la dotación de bombillas a los postes de luz de todas las plazas, parques y avenidas, en el marco de una buena estrategia de iluminación preventiva contra la delincuencia.
-Cuando despierte le informaré tu punto de vista -dijo Aura.

El primer secretario le manifestó que consideraba puntual hacer un encuentro del consejo ejecutivo de la gobernación   para encarar el alboroto público. Era un momento en que se necesitaba más que nunca tener claridad de pensamiento y no depender de los vaivenes de las emociones del corazón, que nublan el entendimiento y el  buen juicio.

-Bien, apreciada amiga. Urge reconquistar el dominio de la situación y se requiere cabeza fría, sumo cuidado, pues intuimos que ahí hay muchos intereses metidos –argumentó el licenciado Julio Rosa.
Agregó que urgía buscar una solución con la participación de la gente, antes de que esa coyuntura pudiera ser  aprovechada por los adversarios  para desestabilizar el programa del primer ejecutivo en marcha, suscitando ruidos publicitarios sobre el accionar caprichoso de la tierna y sensual joven Yudelka, quien esa mañana ya había admitido por su cuenta de twitter, no sólo la autenticidad del difundido videoclip, sino también que dio su consentimiento y que la elaboración del mismo fue parte de un proceso de filmación ejecutado por el novio, que abarcó escenas en lugares públicos, de las que se sentía avergonzada y arrepentida, más que por su difusión en sí, por el impacto de su contenido inadecuado entre jóvenes y adolescentes.

De la Rosa se despidió de la señora Aura Collado Rodríguez y montó su vehículo, una yipeta blindada de fabricación americana, color negro. Recorrió de un extremo a otro la ciudad y llegó a su destino: la casona gubernativa, en la avenida Sabana Larga del ensanche Ozama de la provincia de Santo Domingo. Unos minutos después entró a su oficina, donde estuvo trabajando unas tres horas, hasta el atardecer, cuando hizo acto de presencia el doctor Fausto Gómez Collado y convocó a una reunión del Consejo Ejecutivo, con el cual estuvo reunido por espacio de  treinta y cinco  minutos, que fueron suficientes para establecer el contenido de su alocución por los medios informativos gubernamentales dos horas después, en un discurso que pronunciaría con firmeza y autoridad notables.

El gobernante habló de su desempeño urbanístico-social y de los esfuerzos desplegados para edificar una sólida y moderna estructura tecnológica para iluminar adecuadamente la ciudad, pero obvió referirse de manera directa al sonado caso  del videoclip estelarizado por su  hija, erigido en el plato del día en la comidilla pública. Tocó sin embargo de soslayo el tema, cuando criticó "el exceso de noticias indeseadas en las redes sociales sobre  aspectos que han desdeñado el derecho a la intimidad de las personas, originando desasosiego por el uso perverso e irresponsable de las primicias divulgadas". Su breve perorata fue de diecisiete minutos... la más breve que se recuerde de un gobernante en el presente siglo. Apenas dedicó ochenta y siete segundos en sugerir un reglamento legislativo para impedir el desborde noticioso en las redes sociales y el uso inadecuado de tecnologías informativas de última generación. El resto de sus palabras plantearon una serie de medidas para encarar los problemas regionales, mencionando un mega proyecto de viviendas para la parte sur de la región, así como la construcción de un parque artificial como el de Hong Kong con instalaciones modernas y un paisaje natural sobre el río Ozama, además de una zonas comercial al norte de la provincia.

Mientras Fausto hablaba, su madre realizaba un gran esfuerzo por prestar atención a sus palabras, pero no pudo evitar la evocación de varios momentos  de alegría, y a su vez de gran tristeza en la vida de Fausto, cuando tenía 37 años y estaba en el inicio de su carrera política. Hasta ese momento, sin lugar a duda, lo del videoclip había sido la contante y sonante rodando por los medios informativos, con más énfasis que el angustioso divorcio catorce años atrás, que le costó a Fausto una desolación extrema; pero mientras más atención ponía en escucharlo, con mayor claridad le llegaba el recuerdo de un Fausto relativamente joven, siendo ya un abogado exitoso, con bufete establecido en una de las principales arterias comerciales de la ciudad de Santo Domingo, que había sido cónyuge de la señora Piedad Batista Ventura,  con quien procreó dos de sus hijos: Antonio, de 18 años y Cinthia, de 14; y comenzó a criar a Yudelka, hija adoptiva y reconocida por ambos.

Recordaba el momento en que el doctor Fausto Gómez Collado se abría paso dominante como dirigente de una organización política emergente que había calado con los mejores auspicios en los sectores más jóvenes de la población, alcanzando un escaño congresional en la Cámara Legislativa, donde forjaría un nombre político por su excelente historial en la autoría de códigos y normas de la seguridad social, durante dos períodos parlamentarios. Desde entonces la gente lo asumía como el candidato potencial para dirigir el Gobierno de la región, pues su tasa de rechazo para optar por ese cargo era mínima, no teniendo ningún antecedente de tropiezo personal trascendente. Sin embargo, su primer revés no sería en el plano político, sino en la esfera marital, como resultado de una relación disoluta que le causó gran pena familiar. En la ocasión, la madre fue para Fausto Gómez Collado su absoluto consuelo, su consejera y asesora, que lo apartó de la mirada pública, de las recepciones oficiales del Congreso y el Gobierno, de las actividades masivas, manteniéndolo a conveniente y prudente distancia de los electores para evitar que  su desánimo se tornara pegadizo y produjera desaliento entre sus más cercanos seguidores. 

El restablecimiento de la estabilidad emocional, pudo lograrlo gracias al empeño de su madre;  a sus palabras cariñosas, a su recomendación de que se tomara una temporada de descanso fuera del país; y el legislador Fausto Gómez Collado pudo viajar en aquel momento a Francia en una simulada misión legislativa, supuestamente representando su región en una conferencia internacional medioambientalista, donde buscaba en realidad ocultar su estado anímico menoscabado y conseguir un poco de paz y recreación visual.

La medicina efectiva para superar su crisis pasional sería el disfrute de la visión maravillosa de París: las riberas del Sena, El bulevar Saint-Michel, los monumentos de El Arco del Triunfo y la Torre Eiffel, el impresionista Museo del Louvre, las casas de la moda,  y el encanto del Bulevar de los Italianos, situado en el noveno distrito de la ciudad del amor y la luz. En su breve paso por Europa llenó cuanto  pudo su urgencia de recreo y alegría. En el noroeste de Italia, experimentó el placer de recorrer en góndolas  el escultórico Gran Canal de Venecia, cruzando los cuatro puentes que dividen la ciudad en dos partes, desde la estación de Santa Lucía hasta la Plaza de San Marcos, apreciando maravillado cada detalle de esos tesoros arquitectónicos que constituyen un ostentoso atractivo turístico y una efectiva delicia visual. Y a su retorno por la vía de los Estados Unidos, se encaramó a esquiar en las montañas nevadas de  Vermont.

Catorce años trascurrieron desde aquellos angustiosos momentos. La señora Aura Collado Rodríguez, sumida en el recuerdo, mientras aplaudía el discurso de la ocasión, estaba haciendo una ponderada analogía, relacionando dos períodos de vivencias diferentes, pero tan parecidos, donde hubo que combinar los componentes curativos de la aflicción y el tormento con el  descanso y el recreo. 

Sentada en un sillón en el grandioso salón de grabaciones de la casona gubernativa recordaba la contienda silenciosa que tuvo que librar cuando su hijo fue legislador, ocurriéndosele pensar en que ahora su gabinete debía inducirlo a tomar un apropiado descanso en el ámbito local; por ejemplo, yendo a la hacienda familiar al norte del país, dejando la sede gubernativa y los asuntos administrativos, durante dos semanas, bajo la directriz del primer secretario, quedando sólo en sus manos el tratamiento de las resoluciones intransferibles. El lugar ideal para el descanso era la hacienda de Villa María, con  seis hectáreas de extensión, una antigua herencia familiar situada a 224 kilómetros de la metrópolis capitalina, donde el gobernante podría descansar a sus anchas, con la ventaja para él de que la conocía al dedillo desde niño, porque allí pasó todas las vacaciones de su infancia, y allí había nacido su hermana Charo, además de que era también la cuna de su madre. En el prado y en toda la senda de la carretera, llena de grama y rodeada de árboles, transcurrió para ellos un tiempo inolvidable de alegría y placer.

Muy pronto se materializó el pensamiento de Aura Collado Rodríguez y el licenciado de la Rosa quedó al frente del día a día administrativo, comprometido a cumplir el acostumbrado activismo que el estadista Fausto Gómez Collado había impreso a su calendario de labores con presteza y acierto, de modo especial en lo tocante a la ejecución presupuestaria de los programas de salud comunitaria y seguridad pública regional. Una tarde de mediados de febrero, Julio acompañó y despidió al gobernante y su familia hasta la escalerilla del helicóptero que los transportaría hasta Villa María. 

Con ellos iban su secretaria personal y dos escoltas civiles. La gran tarea de Julio de la Rosa sería ahora disminuir el ruido del videoclip, que acaparó la atención pública por el protagonismo de la hija del gobernante; y su primer paso fue controlar y reorientar el gasto publicitario oficial, disponiendo el pago adelantado de una promoción sobre la iluminación de las áreas urbanas, que sería un modo exitoso de combatir la delincuencia. También se esforzaría en distraer la atención pública y aminorar la estridencia verbal sobre un asunto superfluo que logró ocupar de manera notoria la palestra pública. Se planteó por igual, en su prioridad esencial, iniciar formalmente los trabajos de edificación de una zona industrial al oeste de la ciudad, compuesta de una fábrica de carrocerías de vehículos y piezas de autos, así como de una industria de electrodomésticos, para crear fuentes de empleos, en función de una promesa de campaña que debía de cumplir. Para su gestión, era prioritario asimismo mantener en los medios informativos una campaña de respaldo al desarrollo del turismo en algunas áreas de la provincia, resaltando además un proyecto hotelero para ser levantado en la zona turística de la parte norte de la región, con lo cual esta  actividad económica fortalecería la generación de divisas en euros y dólares en beneficio de la gobernación.

Aquel día a media tarde, Fausto Gómez Collado llegó a la  hacienda de Villa María, en compañía de su madre  y de sus hijos Antonio y Luisa, que no habían visto aún la remodelación hecha a la casa y los jardines, convertidos  en una  maravillosa obra de arquitectura por la mente creativa y talentosa del ingeniero y escultor Luigui Guarini, su viejo amigo italiano, que había sido una de las grandes conquistas que había sumado a su gestión gubernativa en materia de asesoría y planificación urbanística. Aura, que nació en la hacienda, la miraba sorprendida, sin reconocerla, y le  inquirió a su hijo:

-¡Diablo! ¿Qué es esto?
"¡Bellísima!", fue su escueta respuesta, y juntos se quedaron contemplando el paisaje.
La casa entera fue diseñada  de manera audaz con todas las comodidades del momento. Ubicada en los altos de una colina con una larga entrada de camino asfaltado, con grama a su alrededor y un ancho portón eléctrico, garaje múltiple y en  su interior, una sala suntuosa con muebles diversos, los principales de  caoba pura; y amplios salones de estar, con vistas a la carretera y al mar. La señora Aura Collado Rodríguez estaba maravillada, especialmente observando la biblioteca digitalizada que era un oasis para el aprendizaje, compuesta por una cantidad enorme de libros digitales, un televisor pantalla gigante, con múltiples videos y enciclopedias digitales, en formato PDF, y un espacio cibernético, integrado por lectores digitales, mesas con laptops y gadgets de lectura; además de un mueble guardador de videos y chips.

A las 7:00 de la noche, cayendo el atardecer, Fausto y sus hijos, asociaron sus miradas contemplando fascinados el horizonte por donde se avistaba una espesura armoniosa con un encanto particular en la cúspide de la colina. Miraban hacia allá por el área donde resaltaba la jardinería de rosas amarillas, blancas y moradas, y por donde sus pupilas danzantes sentían la alegre imagen de la primavera eterna trillando sus ojos, alrededor de la vistosa casa campestre hecha en base a una insuperable combinación de planos y volúmenes, con estilos clásicos y modernos, sustentados en avanzadas técnicas que conjugaron aspectos decorativos y monumentales en madera, caoba, mármol, cerámica y vidriería.

En esa tarea de contemplación, que siguió hasta bien entrada la noche, Aura Collado Rodríguez sintió que una tierna melancolía mecía su pensamiento, y en su memoria aún  atascada de tristeza, se desnudaba la intimidad de la conciencia, apareciendo el grabado ilustrado de  una niña de talento asombroso contemplando seis décadas atrás, una infinidad de golondrinas, descendiendo en la lejanía, mientras caían  en el campo reverdecido de palmeras, almendras y framboyanes. Era la visión de sí misma, en ese lugar exacto, pero en una época bien atrás. Era la nostalgia y la reminiscencia, invocando vivamente un tiempo lejano; era el reencuentro con la niñez en la antigua casona de madera de palma, techo de zinc y piso de cemento, construida por su abuelo Luis Rodríguez en  seis hectáreas de tierra baldía, donde aparte de las aves silvestres y los puercos cimarrones que penetraban en el lugar, apenas se podían contar una vaca demacrada y envejecida, más ocho gallinas y dos gallos domésticos.  En su mente estaba el vivo recuerdo de aquel domicilio alzado casualmente en la época en que los infantes de la marina estadounidense invadieron esas y otras tierras, y sus soldados las aprovecharon para construir el ferrocarril  y un  puente de vigas metálicas   sobre  el   río de la comunidad de Hojas Anchas. Ella nació allí, del vientre de María Rodríguez, una bella morena de origen haitiano nativa de un pueblito cercano llamado El Limón, que llegó al lugar embarazada y murió aún joven asesinada por su marido, dejándola huérfana, atendida por una prima lejana en Villa María.
Fausto se acercó a su madre para despedir la noche, le dio un beso, y volvió sobre sus pasos, deteniéndose en la puerta del dormitorio cuando la escuchó decir:
-Tú y la gente que desfila cortesana para rendir honores a tu cargo, no tienen la menor idea de las penas y desgracias que albergaron este lugar, donde murió baleada tu abuela y un suceso dramático ensombreció mi vida a los catorce años.
Fausto arqueó las cejas y la miró sorprendido. Estaba  visiblemente fatigado por las tantas horas sin sueño y por el deseo de dormir; pero aun así, se interesó en escucharla.
-¿De qué me habla mujer?

-Te lo diré luego, hijo. No quiero abusar de ti. No has descansado nada y es justo que tus primeras horas en la hacienda sean para reposar y descansar -dijo Aura Collado Rodríguez. 
Hizo una pausa en su nostálgico inventario de subsistencia y encaminó a Fausto Gómez hasta el final del pasillo. En el trayecto sólo se refirió al asunto de la devastación forestal que advirtió en la zona y  a la necesidad de llamar con urgencia al Ministerio de Medio Ambiente para que conociera la situación y se abocara a idear un programa para la reconstrucción del campo estragado por la tala de árboles y la extracción de arena del río que se había hecho durante mucho tiempo, provocando un desorden ecológico y una aguda escasez de agua en esa región. Al final de la madrugada, cuando surgió el primer rayo de luz en el horizonte, Aura se levantó tambaleándose, agarrándose de una silla para incorporarse y abrir la ventana; pero alcanzando a disfrutar la puesta del sol, aproximadamente a las cinco de la mañana. Y se mantuvo ahí un buen rato, en un maravilloso y solemne ejercicio de contemplación, hasta que decidió reencontrarse con su nieto Antonio en la casa, para emprender una  inspección conjunta sobre el estado real del medio ambiente en la región.

Aura fijó  detenidamente sus ojos  en la desolación de la carretera y la montaña y recordó la inolvidable época de las vacaciones escolares de Fausto Gómez, el tiempo de su infancia, donde aquel lugar tenía su mayor atractivo en la hilera de árboles de caucho en las aceras, cuyas ramas pasaban de un lado a otro de la autopista,  en un hecho contrastante con la desertificación que visualizaba en ese instante. Se decía a sí misma: "¡Qué  tiempos  aquellos  en  que el paisaje armonizaba con   los caudalosos ríos cuyas límpidas  aguas  fluían con movilidad indescriptible! ¡Qué diferencia entre los ríos fluidos y hondos  del ayer  y  los arroyuelos secanos en que éstos se habían convertido por descuido de la clase dirigente y la falta de conciencia de la gente,  en menos de 30 años!"   En su recuerdo veía a Fausto junto a decenas de niños del campo jugando  a la "Gallinita ciega", a "Arroz con leche" y al "Matarile rile ron"; en pantalones cortos, los chicos, y las hembritas, con sus vestidos de seda y sus trenzas  enrolladas. Poco quedaba de la antigua Villa Alegría,  apreciándose un pedregal en serie sobre el lecho de lo que una vez fuera el Charco de la India, que iba muriendo junto a  la  bella leyenda del ser misterioso con rostro de mujer y figura de delfina, zigzagueando en el fondo del río con la gracia de  un pez espiga inalcanzable, en un espacio natural  para el recreo y  la natación humana. En ese momento se veía una  playa muerta y seca, con piedras gigantescas y solitarias; sin  manglares, ni los verdosos juncos que  recreaban  a  los bañistas y divertían a los niños; era una playa en estado de extinción.

Aura tomó nota mental del secadal y de la necesidad de aumentar la  presencia de peces, aves y otros animales domésticos y silvestres, con el fin de poder garantizarle a la gente una vida como Dios manda, tal y como quería que fuere  el supremo creador  de la naturaleza; y de regreso a la casa, contó a Fausto, que la escuchaba deleitado, todo lo visto; y éste, se sintió orgulloso de tener una madre extraordinaria,  sensible y soñadora, que sobreponiéndose al abatimiento familiar, tenía tiempo para tomar nota de la situación de una zona embestida por la alteración del equilibrio ecológico; y comprendió en ese instante, que sus vacaciones allí tendrían un resultado auspicioso, porque ya en su primer día de descanso se sentía mejorado, tras recibir una lección cívica, como efectiva   terapia contra el rosario de desgracias que les perseguían.


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