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Por Oscar Guedez: oscarguedez.com
El mundo observó esta semana algo que no ocurría desde hace décadas, el presidente de Estados Unidos, la potencia hegemónica global, viajó a visitar al líder de su principal rival estratégico, China, con toda la pompa de una visita de Estado.
Donald Trump llegó a Pekín el 13 de mayo acompañado de un séquito de CEO´s de empresas tecnológicas y de Inteligencia Artificial, pasó tres días con Xi Jinping y regresó a Washington sin grandes acuerdos concretos, sin anuncios rimbombantes ni declaraciones ruidosas como las que acostumbra hacer.
Pero tras esa visita, Trump pareció dejar en el ambiente algo que para China vale más que cualquier tratado, y fue la imagen de igualdad entre las dos potencias que ambos proyectaron ante el mundo. Ese Donald Trump que parece estar por encima de todos, en China se encontró con un líder callado e inmutable, pero como mínimo, a su mismo nivel.
Además, y como si eso fuera poco, apenas 24 horas después de que Trump abandonó suelo chino, el Kremlin anunció que Vladimir Putin viaja a Pekín este 19 y 20 de mayo. En el mismo mes, sin un marco multilateral de por medio, China recibe a los líderes de las dos potencias que definen los conflictos más graves del mundo actual: la guerra de Rusia contra Ucrania y la que EEUU e Israel libran contra Irán.
¿Qué nos dice este doble peregrinaje a la capital china sobre el estado del orden mundial?
ONU: ÁRBITRO SIN CANCHA

Antes de responder esa pregunta, conviene detenerse en un dato que explica buena parte de lo que está ocurriendo, y es que el sistema multilateral que debería gestionar las crisis del sistema internacional está sufriendo intentos de desmantelarlo de manera sistemática.
EEUU se ha retirado de 66 entidades internacionales, incluyendo agencias de la ONU como la Organización Mundial de la Salud y el Consejo de Derechos Humanos, además del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, el Fondo de Población entre otros.
Para que tengamos una idea, la Asamblea General adoptó para 2026 un presupuesto de 3.450 millones de dólares, una reducción de más del 7% respecto al año anterior, eliminando 2.900 puestos de trabajo. Varios expertos han señalado que la reforma de la ONU propuesta por Washington no tiene que ver con la reducción de gastos ni con la responsabilidad fiscal, sino con la propia existencia de la Organización de las Naciones Unidas.
Es decir, que la organización que es en los hechos la cúspide de la civilización humana, por su alcance, contenido, capacidad de atención a problemas reales de las personas en todo el mundo y su histórico rol de facilitación de mediación y mediación en conflictos, está amenazada por el país que cuenta con el mayor poder de acción militar en el mundo.
En tanto, el Consejo de Seguridad lleva décadas paralizado por el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes (EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y China, que lo convierten con frecuencia en escenario de bloqueos antes que en foro de resolución de conflictos.
La reforma que le urge para ampliar su composición y que refleje el equilibrio de poderes globales en el mundo del siglo XXI choca con la ausencia total de voluntad política entre quienes tendrían que cederle poder a otros, es decir, los mismos 5 miembros permanentes.
El resultado es que cuando estallan las crisis, ya nadie llama a Nueva York o Ginebra para pedir apoyo o buscar mediación, ahora llaman a Pekín.
EL EJE SE DESPLAZA, NO SE TRASLADA
Aunque suena tentador concluir que el poder mundial se ha mudado a la capital china, esa es una conclusión muy apresurada.

Lo que estas visitas revelan es un desplazamiento del eje geopolítico hacia China, desplazamiento que es real, significativo y está en curso, pero que está lejos de ser una transferencia de hegemonía.
Porque el presidente Donald Trump no fue a rendirse ante Xi ni a entregarle en bandeja de plata la hegemonía geopolítica que Washington ostentó desde la caída del Bloque Soviético, Trump y su séquito de CEO´s tecnológicos fueron a negociar: comercio y rutas marítimas, desarrollo tecnológico, Inteligencia Artificial, Taiwán, petróleo iraní, entre otros temas, y a gestionar con su principal competidor una relación que ambas partes describieron con la fórmula de «estabilidad estratégica constructiva».
Beijing logró incluso proyectarse como igual a EEUU en el escenario global y dirigir el tono de la relación, incluyendo el tema de Taiwán, que Xi presentó como la línea roja que podría poner en «gran peligro» el vínculo bilateral.
En cambio, el presidente ruso Vladimir Putin llega a Pekín en condiciones radicalmente distintas a las de Trump.
Rusia depende hoy de China de una manera que no tiene precedentes en sus relaciones modernas. Las sanciones occidentales a la economía rusa y el costo de la guerra en Ucrania han acercado a Moscú a Pekín no tanto por elección estratégica como por necesidad. Son dos viajes a la misma capital con dos significados estructuralmente distintos: uno negocia entre iguales, el otro busca respaldo desde la dependencia.
EN EL CENTRO SIN QUERERLO
Hay una paradoja imposible de ignorar en el corazón del actual momento geopolítico, es que China ha trabajado y ha realizado enormes inversiones para fortalecer su rol en el sistema internacional a través de múltiples iniciativas como Franja y la Ruta de la Seda, que incluye a más de 140 países; los BRICS ampliados; o el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura; entre otras.
Sin embargo, es evidente que China no intenta ser el “garante de la seguridad global”, rol que ha ejercido históricamente EE.UU., ya que no lidera ni está intentando formar grandes alianzas militares ni está multiplicando su gasto en armas ni instalando bases militares en el extranjero.
Es decir, que China ha buscado y busca influir en las reglas del sistema internacional y sacar provecho económico de dicho sistema, pero sin asumir los costos operativos del liderazgo global. De hecho, Xi Jinping ha construido una política exterior basada en el ascenso gradual y la narrativa de la no injerencia en los asuntos de otras naciones.
Y tiene sentido si tenemos presente que asumir el liderazgo global implicaría financiar el desarrollo de regiones enteras, intervenir en conflictos armados sin beneficio inmediato y asumir los costos políticos por ello.
En cambio, China ha mostrado una notable resiliencia económica, creciendo un 5% en 2025 con exportadores que pivotaron exitosamente hacia nuevos mercados por las tensiones con Estados Unidos mientras avanzaba en autosuficiencia tecnológica.
Pero ser el líder económico del mundo no se traduce automáticamente en liderazgo político mundial, y Pekín lo sabe. EE.UU. conserva una supremacía militar sin parangón, sigue siendo el actor decisivo en Medio Oriente y el ancla del sistema financiero global.
Por tanto, aunque esta sea la primera vez que China recibe a los líderes de las dos grandes potencias nucleares del mundo en el mismo mes fuera de un marco multilateral, lo que refleja los esfuerzos de Beijing por gestionar sus relaciones con ambas naciones y posicionarse como potencia clave en un orden mundial cada vez más fragmentado, esto no significa que China ejerza hoy el liderazgo global sino que juega un rol de centralidad por defecto ante la ausencia del árbitro multilateral funcional que es la ONU.
AMÉRICA LATINA: DEPENDENCIA Y DISCURSO

Mientras Pekín acapara la atención de las grandes potencias, América Latina observa desde una posición que no ha variado sustancialmente en décadas, la región sigue políticamente fragmentada, económicamente dependiente de Washington y culturalmente atrapada entre la fascinación y el resentimiento hacia el norte.
El péndulo del signo político de izquierda-derecha que recorre la región no expresa ya una polarización ideológica profunda sino ciclos de frustración electoral que terminan en Gobiernos que llegan prometiendo autonomía estratégica pero terminan entre dos aguas, negociando con el Fondo Monetario Internacional o atrayendo inversiones chinas.
Mientras tanto, EEUU mantiene su capacidad de presión y control sobre toda la región, independientemente del color de la bandera y el discurso más o menos nacionalista o entreguista de su gobierno. Y aunque China ha ganado espacio en la región a través de préstamos e infraestructura, no ha desplazado la influencia estructural estadounidense.
EL MUNDO QUE VIENE

Lo que el doble peregrinaje a Pekín confirma no es que China haya ganado en la competencia geopolítica con EEUU, sino que el mundo unipolar ha terminado ya hace un tiempo y por el momento no tiene sucesor.
El sistema multilateral que debería gestionar esta transición está siendo deliberadamente debilitado, el Consejo de Seguridad lleva décadas bloqueado y los conflictos activos, desde Ucrania hasta Medio Oriente, desde el Sahel hasta el estrecho de Ormuz, no encuentran foro donde resolverse.
En ese vacío, Pekín no es el nuevo Washington, pero es, por ahora, el lugar al que todos van a negociar.
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